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Archive for the ‘ ralladas ’ Category

 
Viernes, Marzo 26th, 2010

Me declaro incompetente verbal; como todos. Confieso. Cualquiera puede tener un lapsus linguae, puede apretar la tecla equivocada o confundir churros con medias. Todo, claro, un número limitado de veces.

Porque, efectivamente, hay una frontera (algo abstracta, pero haberla hayla) entre lo tolerable y lo intolerable a la hora de expresar un pensamiento. Pongámonos más cartesianos: a la hora de expresar un concepto, una idea, o un simple cúmulo de información.

Voy a intentar aclarar algunos puntos, una especie de “Reglas de Oro (falso)”, motivadas por lo mal que me he sentido hoy en el coche al escuchar las opiniones de ciertos tertulianos radiofónicos que, cursando o teniendo estudios superiores, no eran capaces de demostrar ni un ápice de competenecia.

1. La pereza vocal debería ser un delito.

No puedes ser locutor de radio y hablar sin juntar los labios. No puedes, sencillamente. Como mínimo, es necesario ejercitar la parte maxilo-facial todos los días: al levantarte por la mañana, al hablar con gente o  por teléfono, al leer un libro, o donde sea. Este entrenamiento merece tanta constancia como la de un deportista que ha de rendir marcas.

No se me pasaría por la cabeza la idea de presentarme a una maratón sin haber entrenado primero unos meses.  Es de cajón que uno no puede pasarse la vida con la boca dormida (en relación con el cerebro, seguramente en idéntico estado), y pretender ser un as de la narración. De tu oratoria depende también tu reputación como profesional; tú verás si es importante o, por el contrario, puedes pasarlo por alto.

Aparte, que cómo te expreses será una referencia sobre cómo de ágil eres;  no sólo mental sino también intelectualmente. Hago esta pequeña distinción porque puedes ser un hacha manejando datos, pero un completo inútil a la hora de desarrollar tus propias ideas. La próxima vez que te mires al espejo piensa sobre esto.

2. Tu dicción justifica tu erudición.

Cuando enciendo la radio hay una pregunta tácita: ¿qué vas a contarme? Porque si lo único que tienes son opiniones vagas y rumorología barata, mejor giro el dial y te abandono. Mato tu voz. Prefiero ser un audiocida a perder mi criterio.

Los “yo creo”, los “yo opino” y similares no me los sirvas fríos. Los quiero en el momento adecuado, a la temperatura óptima. Si abusas, voy a tener muy claro lo que pasa: que no tienes nada entre las dos orejas, y lo único que eres capaz de hacer son juicios de valor sobre si esto o aquello es bueno o malo. Hoy he oído en menos de un minuto la misma referencia a que los becarios son “esclavos”; no pido dos sinónimos, pido que las otra tres veces hablase de otras tres cosas. Algunos juegan una carta. Esto va de jugar con toda la baraja.

Peor aún: bueno o malo, esto o aquello, pero sin profundizar en los porqués. Esto es lo que más justifica que incendie la emisora un día cualquiera, cuando sea invierno y resulte rentable para calentar a todos los sin techo que, como mínimo, tienen la suerte de no poder escucharte.

Tu bagaje cultural viene dado por la profundidad de tus opiniones.  Si no sabes expresarlo, socialmente no lo sabes. Lo siento mucho por John Cobra. Si no eres capaz de enraizar tus tesis vete despidiendo de un oyente. Quiero decir, que yo opino

El último punto que quiero resaltar viene por haber escuchado a un ¿futuro? periodista aquejado de las pocas prácticas que se hacen en la carrera, y a su compañera dándole la razón al grito de “Claro, después de un verano sin escribir cuesta teclear”. ¿Por qué en vez de pasarte la vida esnifando pegamento, periodista junior, no inicias un blog y desengrasas ciertas partes del cerebro? Da igual lo que te manden hacer si tú no haces el trabajo. ¿Qué confianza me daría un médico que de año a año olvida sus conocimientos porque “no le han hecho hacer prácticas”?

3. A ojo de buen cubero, los astronautas acabaron muertos.

En la misma emisora un chico y una chica (dudosamente un hombre y una mujer) llevan un programa de moda. El problema es el mismo que tienen los que van antes y los que van después en la parrilla: se sienten con la necesidad de justificar lo interesantes que son sus contenidos.

Fulanito de Tal resulta ser un “verdadero” jugador de fútbol, mientras que Fulanito de Cual es “muy, muy, muy” sincero con su pareja. La misma calificación que las botas de Paris Hilton, “muy, muy, muy” espectaculares. Los contenidos son “realmente interesantes”, cuando no “impresionarán a la audiencia”.

La catástrofe se atisba ya demasiado cerca, cuando no hay tiempo para huir, en el momento en que uno cualquiera deja colgada su frase. “Menganito es… es un…”, y lo remata: “gran… gran profesional”. Descenso en el tono. Lo ha clavado. Es un gigantesco as, que no tiene otra cosa que aparecer en tu programa para que lo hinches hasta que reviente.

Interrumpimos la transmisión para hacer la pregunta del millón: si tus contenidos son “tan, tan, tan” interesantes, ¿por qué necesitas justificarlos constantemente?

4. Replicar no te hará inteligente.

Cuando uno no ha cumplido los tres puntos anteriores, todavía queda un cuarto que puede desgraciar el cuadro del todo: la falta de originalidad. Ser lo suficientemente caradura para copiar eso de “las botas de encaje, con leggins y cuero duro de Jashakamihala Ashakarenova”. Donde al final añades “…con su gran, gran estilo desfilando”. Lo mató tu exageración y cuatro palabrejas que ni entiendes pero te sirven.

El problema para hacer algo es que has de saber cómo hacerlo o descubrirlo. Dar palos de ciego constantemente es la manera más fácil de cortar el cable equivocado de la bomba, poner a cero el temporizador y dejar que los cuatro inteligentes vean cómo tus pedazos se desparraman manchados de Gracia por las oficinas del paro.

Sé natural: si no lo sabes, no lo sabes. Si lo aprendes, lo sabes. Y, si lo que quieres es copiar, mejor dedícate a coser carteras. No tiene nada de malo hacer un programa de lo que quieras siempre que puedas lidiar con ello; de lo contrario, no sólo me reiré de ti, sino que, como parte de esa audiencia cruel y despiadada, me esforzaré por acentuar tus faltas delante de mis amigos.

Y otra cosa: puede que tengas una línea editorial; otra cosa muy distinta es que te identifiques con ella. Si me hablas de “usted” sin sentir ese respeto, una de dos: o bien pienso que te estás riendo de mí, o bien te siento como un chucho obediente que hace lo que le dicen sin el menor talento.

Espero que estoy ayude a más de uno a redescubrir el sentido de la vida, el Universo y todo lo demás. Si hacemos las cosas, al menos hagámoslas bien. Y la razón de por qué todo este sermón nos la da, de nuevo, el cine:

“Quiero contarte una cosa Mark, algo que aún no sabes. Nosotros los K-paxianos lo hemos descubierto porque llevamos mucho tiempo existiendo. El universo se expandirá y luego se cerrará en sí mismo. A continuación volverá a expandirse y repetirá este proceso hasta el infinito. Lo que no sabes es que, cuando el universo vuelva a expandirse, todo será otra vez como ahora. Cualquier error que cometas esta vez lo revivirás en la próxima ocasión, lo revivirás una y otra vez eternamente. Por eso, mi consejo es que esta vez tomes la decisión correcta, porque esta oportunidad es la única que tienes.”

K-Pax


 
Martes, Marzo 23rd, 2010

Alguno que otro se llevará las manos a la cabeza, pero creo que la literatura que se da en el instituto es bazofia comparada con el tono ameno y divulgativo con el que se da en la universidad. Y la culpa no es de los alumnos, es de un sistema viciado por su obsesión con que las personas no son más que recipientes de Gracia. Luego llega uno a los estudios superiores y se da cuenta de las letras, además de dibujarse de izquierda a derecha y de arriba abajo, sirven para decir cosas.

¿Qué adolescente de quince años tiene ganas de leerse La Regenta? Vamoavé. Lo mismo con El Quijote, o el Cantar del mio Cid, o cualquier clásico. Darle a un chaval ansioso un ladrillo intelectual no hace otra cosa que fomentar su odio visceral hacia todo lo que huela a inteligencia. “¿Quieres caldo? Pues toma siete tazas”. Y no es que esté justificando no leer material con sustancia complejo; lo digo como aficionado más al ensayo que a la novela, y más a los problemas que a las soluciones. Lamentablemente no todo el mundo tiene igual disposición para abrir un libro y enfrentarse al texto

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“Querido presi. voy a enseñarle que el libro no se coge del revés.”

Cuando estaba en el instituto, me hicieron leer, entre otras perlas, Niebla (de Unamuno), y Rimas y Leyendas (de Bécquer). Honestamente, son grandes, pero aún recuerdo las prisas para leerme el segundo porque no me daba tiempo. Me gustaba, de verdad, pero era imposible digerir tanto en tan poco tiempo. Todo, “porque los nenes lean a Gustavo”. Con una antología de cuentos contemporáneos bien formada nos habríamos ahorrado mucho sufrimiento.

Ni que decir de los temarios: ya no me acuerdo de nada. Cada tema  eran dos páginas, con dos nombres, dos fechas, dos ciudades y dos obras descatacas. Ah, y dos fotos, una de un señor pintado y otra de una caserón que a saber dónde para.

Más tarde un servidor llega a la universidad, descubre la diversidad de la literatura del último siglo y se lamenta de que no le hayan mandado leer nada de eso antes. Habría disfrutado mucho más leyendo relatos de Cortázar, Borges, etc. Y que no se asuste nadie: siguen siendo clásicos.

Esto sí, clásicos actualizados, contemporáneos a nosotros. Incluso muchos de los autores todavía tienen patitas y andan por el mundo. Sería interesante invertir el orden de enseñanza: empezar por lo último, y como Nietzsche hizo con la moral aplicar una especie de etimología de la literatura; ir hacia atrás, e indagar en cómo se ha provocado. De Juan Rulfo saltaríamos a Jorge Luis Borges; de Borges podríamos ir a las vanguardias; de las vanguardas a la generación del ‘14; llegamos a las de ‘98. Y, a poco que retrocedamos hasta el romanticismo, llegamos al bachillerato entendiendo por qué somos como somos. Eso, o intentamos que niños de primaria que acaban de pisar la ESO entiendan quién es Rubén Darío (que, por suerte, creo que todavía no está en su temario). Mucho mejor les iría con Laura Gallego.

Los de Valencia tenemos otra lacra añadida. Insisto: con todo mi respeto. Otras dos páginas, con otros dos nombres, otras dos fechas, otras dos fotos, otras dos obras… y citas en Valenciano antiguo. Vete tú a saber cómo motivas a a un chico de catorce años para que entienda un poema de rima asonante (o, directamente, carente de rima formal) ¡en Valenciano antiguo! Sólo me acuerdo de Joan Fuster, y de milagro. Tal vez el resto de España (un país cercano a México) no me entienda; quien ha tenido que empollarse semejante antipedagogía sabe de lo que hablo. Y lo peor de todo es que no es malo; sencillamente, nos hacen jugar en primera con cerebros de tercera.

Otro punto es la supuesta manía que se le tiene a que se lean obras traducidas. No seamos puristas, que estamos enseñando. Porque, si queremos ser puristas, o lo somos del todo, o nos sinceramos e intentamos hacer lo que toca, que no es decirle a nadie cómo vivir, sino darle lar herramientas necesarias para que se desenvuelva él solito. Dicho esto, ¿por qué no incluir obras de ficción anglosajonas en Lengua Española? “¡Sacrilegio!” ¿Qué tiene de malo que lean Ubik, o al propio Lovecraft, si luego van a salir animados a devorar lo que caiga entre sus manos? A fin de cuentas, creo que de eso se trata: de que llegados a adultos cierta melancolía les haga seguir leyendo, no de que presuman ante sus hijos de que cuando eran pequeños sobrevivieron a un holocausto lectoril. Yo leí El juego de Ender y, ni la traducción es mala, ni veo por qué no le va a gustar a un chaval con ganas de acción y un argumento atractivo. Y eso que tiene más de trescientas páginas (y el Premio Hugo y el Premio Nébula, que ahí quedan, por si algún cultureta sabe todo lo que representan).

ender

Una profesora (maniática y con problemas emocionales que a día de hoy todavía es incapaz de reconocer) nos encargó leer La sombra del viento. ¿Es bonito? Sí. ¿Vale la pena? Relativamente. ¿Entonces, por qué te quejas? Porque no es normal que gastásemos cuatro meses de un curso sólo para leer algo que le había hecho gracia a la profesora. En ese tiempo podríamos haber leído dos antologías (sí, soy forofo de relatos enfrascados) y un par de libros más, y sin exagerar.

Por si algún docente me lee, voy a proponer unos cuantos textos “no tan académicos”, para que les eche un vistazo. Estoy seguro de que acabará convencido de su calidad:

* SCOTT CARD, ORSON; El juego de Ender, Zeta Bolsillo, Barcelona, 2006 (10€)

En un mundo amenazado por una raza alienígena conocida como Los Insectores, la natalidad ha sido limitada a dos hijos. Pero en la familia de Ender la genética es tan prometedora que el gobierno les permite el nacimiento de un tercero.

El joven Ender ingresa en la academia militar, donde sin saberlo es entrenado en batallas en gravedad cero como algo más que un soldado: como un estratego capaz de guiar a la humanidad hacia la victoria.

* DICK, PHILIP K.; Ubik, La factoría de ideas, Barcelona, 2009 (10€)

Más o menos como reza la sinopsis: “Glen Runciter ha muerto. ¿O lo han hecho todos los demás? Alguien murió en una explosión organizada por los competidores de Runciter. Y es el funeral de Runciter el que está programado en Des Moines. Pero, mientras tanto, sus empleados reciben extraños -y en ocasiones escatológicos- mensajes de su jefe. Y el mundo que les rodea está cambiando de formas que sugieren que se les está agotando el tiempo. O que ya lo ha hecho…”

Sencillamente, brutal.

* HADDON, MARK; El curioso incidente del perro a medianoche, Salamandra, 2004 (16′50€)

Christopher Boone tiene síndrome de Asperger. Es una suma de comportamientos extraños para el resto de la sociedad, pero este libro nos descubre su lógica interna, a fin de cuentas coherente, y cómo percibe un mundo adulto que es mucho más inexplicable y entrópico, mucho más absurdo, de lo que a nosotros nos parece.

Una lección de modestia para todos aquellos que se toman la vida demasiado enserio y para quienes personifican sus problemas sin pensar en la suerte que tienen.

* PRATCHETT, TERRY; Dioses Menores, Debolsillo, Barcelona, 2003  (8€)

Situada en el Discomundo (una paródica tierra creada por el autor, suma de todas las mitologías y absurdidades humanas), el discípulo Brutha se enfrentará a una de sus máximas autoridades religiosas, Vorbis, en una pugna ideológica, teológica, (y en ocasiones mortal), por la creencia en el dios Om.

Mientras uno se aferra a una tortuga que dice ser la supuesta divinidad, el otro justifica sus decisiones destructivas mediante su posición dentro de la organización religiosa.

Una crítica amena e intelectual al pensamiento clásico, la Inquisición Española, la fe desmedida, el misticismo y los Dioses Olímpicos, donde Muerte se pasea como una funcionaria de la realidad tratando a los fallecidos como meros trámites que lloriquean porque no quieren ir al Inframundo.

* STRAUSS, NEIL; El método, Planeta, Barcelona, 2008 (10€)

La novela autobiográfica de Neil Strauss, redactor del New York Times, donde cuenta sus andanzas con Mystery, la persona que le introduce en una comunidad mundial de maestros de la seducción.

Pese a que en un principio pueda parecer vulgar, es la obra bien escrita de un tipo que pasa de ser introvertido y poco  hábil socialmente a convertirse en un buen orador, un buen negociador y, lo más importante, una buena persona

Con un fin moralizante, nos encontramos un trayecto  lleno de imprevistos: desde ligarse a una supermodelo sin saberlo hasta acabar conviviendo en una mansión en Hollywood con Courtney Love. Incluye fragmentos de correos reales enviados a las listas de los socios y decenas de consejos para cautivar a la gente. Pero, lo mejor, es la lección de modestia (que no desvelaré).

Somos una generación cinematográfica. Lo queramos o no, lo quieran o no, disfrutemos o no con ello. Es imposible cautivar a un chaval de hoy en día haciéndole sufrir con la literatura. Entregadles lo que les guste y, cuando muerdan el anzuelo, bastará con tirar de la caña. Cada vez algo más complejo, algo más anacrónico, algo que sugiera que en otros tiempos el mundo se vio de otras formas. Pero todo pasa por asumir que los recursos retóricos de hoy en día son nuestro lenguaje de hoy en día, la forma en la que nos entendemos y nos comunicamos. Dadles elipsis, prolipsis, analepsis, diálogos internos y contrapuntos, y pronto buscarán la tábula rasa donde éstos se engendraron.

 
Sábado, Enero 23rd, 2010

Anoche desvié mi ruta. Caminaba por Blasco Ibañez cuando me llamaron la atención las sirenas silenciosas de cinco o seis vehículos, estancadas a lo lejos entre los coches aparcados. De camino a echar un viztazo me descubrí andando hacia el precinto policial.

Torcí hacia afuera del parque central de la avenida, caminé tranquilo por la acera y llegue al punto donde se agolpaban unos cuantos curiosos y un par de periodistas. La policía desviaba el tráfico, un furgón gris de servicios funerarios descargaba una camilla, y todo se había dispuesto de tal forma que se tapase el cadáver.

Me di cuenta de que realmente no iba a ninguna parte, así que doblé hacia Campoamor y, en cuato pude, volví disimuladamente al acto. No es que no pudiese haberme parado, pero peco de escrupuloso; no  soy capaz de pararme ante la muerte como un mero espectador morboso.

Al pasar por un bar la gente lo comentabla. Una chica, joven. Y al llevar de nuevo al punto clave los curiosos habían sido dispersados.

Entoces resolví cruzar al otro lado, tener una panorámica, verlo un poco más de cerca. Cruzando el primer semáforo un policía hacía fotos al cuerpo desnudo de una bicicleta a la que le habían saltado ambas ruedas. De lejos la miopía me permitió ver el aleteo de una sábana en el suelo, rodeada de funcionarios que parecían sentirse demasiados (y demasiado solos). Además, las piezas del puzzle estaban dispuestas de modo que el golpe tenía que haber sido fuerte. Nadie pierde el chasis y acaba a más de diez metros del cuadro fácilmente; espero que mi memoria no me juegue una mala pasada cuando digo que la estructura metálica, curiosamente, había caído de pie.

Y entonces me marché. Ya en el otro lado me tocó volver a cruzar, y fui el único que emprendió la marcha antes de que se hubiesen parado todos los coches. Pero yo no era el único “valiente”. Un hombre, que venía contra mí junto a su grupo de amigos, bromeaba, chillaba, ajeno a lo que se le presentaría apenas unos segundos después.

Hoy Levante daba la noticia:

Una joven de unos 20 años que montaba en bicicleta falleció anoche al ser atropellada por un todeterreno de color gris a la altura del número 124 de la avenida de Blasco Ibáñez [...] El impacto hizo que el cuerpo de la joven fuera lanzado varios metros hacia adelante.
Hasta el lugar de los hechos se acercó una unidad sanitaria de emergencias del 112, que trató en vano de reanimar a la muchacha, que no llevaba documentación y que falleció en la misma calzada [...] acordonaron un tramo ajardinado de la mediana de la avenida, ya que quedaron restos del coche y de la bicicleta esparcidos por el lugar. Los agentes tomaron declaración y efectuaron la prueba de alcoholemia al conductor del todoterreno, que dio negativo [...] Poco antes de la pasada medianoche, el juez de guardia ordenó el levantamiento del cadáver.

No quiero amargar a nadie. No, no quiero dejaros un mal sabor de boca, pero tengo que opinar. Creo que cuando mueres a casi nadie le importa; no podríamos vivir preocupados con grupos orgánicos e inanimados de moléculas que ya no operan en sinergia. Es así de frío. El universo no se inmuta. El universo no si inmutaría ni con La Tierra entera estallando, ni con el Sistema Solar haciéndose pedazos o la Vía Láctea carbonizándose. A nadie le importaría. Así es la vida.

Desde la conciencia de aquel cadáver todo se veía como una historia de ausencia. En la madrugada se escuchaban tracas de alguna parte; esa chica ya no las experimentaría. Ella no sabría del bromista del semáforo. Ni existiría ya supensamiento, su realidad. No sería testigo de su circo satírico. Cuando tú te mueras, será igual.

Experimentad cada segundo. Vivid cada momento. Cuando sea lo que sea os borre del mapa, cuando el mundo se haga ascuas dentro de vuestro propio cerebro, ¿qué nos quedará? ¿Tal vez un legado, o sólo un recuerdo?

 
Sábado, Noviembre 14th, 2009

Hace relativamente poco que Metrovalencia adoptó un sistema de validación de usuarios como el del Metro de Madrid. Y yo, que soy un dale-más-vueltas, me compré esta semana mi primer abono de diez viajes que, creo, es recargable. Porque ni de eso estoy seguro.

Total, que leyendo como leo cuando viajo por las vías, se me ocurrió la idea de utilizar el billete como marcapáginas. En esto que, a la salida, coloco el libro en la pletina lectora y, ¡voilá!, la  puerta se abre. (Si se pone de moda, al menos sabrán que la culpa es mía).

Además, esto da muchas ideas sobre un libro, a modo de llave del conocimiento, o de la tontuna, o todo lo demás. Este episodio me lo reservo para mis rumiaciones nocturnas, mejor.

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Así es como funcionan estas tarjetas con RFID: acercar, abrir.

Total, que después de haber escuchado los cuchicheos de los sorprendidos al verme con un libro de Unamuno desbloqueando el mecanismo, me quedaban ganas de seguir experimentando. Maldita vanidad…

Quien haya visto mi cartera sabrá que está atiborrada de tarjetas (pero atiborrada de verdad), de calderilla y de papeles inútiles (o no tanto, según Diógenes y su Síndrome). Ahí que la coloco encima del lector la siguiente vez que salgo y… ¡tachán! Ni el grosor irracional de mi guardapasta altera el funcionamiento: la puerta se vuelve a abrir. Me anoto otro tanto.

¿Que nos debería enseñar esto?

Que podemos ser creativos, o como mínimo algo más despreocupados. No es necesario frotar la tarjeta contra el lector como si fuese un rasca-y-gana; basta con que entre en el radio de acción. Y esto significa que la tarjeta, mientras esté cerca, puede estar dentro de cualquier cosa que no inhiba el cambo radioeléctrico: un libro, una cartera… y una cinta de cassete ahuecada, un plátano, un falo de goma, una bolsa de plástico, el bolsillo de tu abrigo, un ratón de ordenador, una caja de condones, un mando de televisión (o de Playstation), un teléfono móvil, un reproductor digital…

¡Sed creativos!

AÑADO: se me ha ocurrido meterlo en un muñeco pequeño o un llavero. El caso es que Metrovalencia siga dándomelo por válido cuando me pidan el billete.

 
Domingo, Octubre 18th, 2009

Éste es el relato soez de una experiencia personal. No me hago responsable de lo que, a partir de aquí, te venga a la cabeza cada vez que veas un restaurante de comida rápida.

El caso es que bajé, como cualquier otro día y por lo que fuese, a la calle. A unos cuarenta metros en la misma acera hay un Burger King, seguido de un Sofra en la esquina, frente a un KFC.

De pronto, me sobreviene cierto aroma a hamburguesa transgénica. No me desagrada: está diseñado para crear adicción. Pero esta ilusión no dura mucho, y me descubro entre olor a fosa séptica. A fosa séptica profunda y malholiente, aclaro.

Aunque, uy, huele a Burger King otra vez. Y vuelve el olor a manga pastelera intestinal y… otra vez, me vuelve el olor a hamburguesa. “Esto es muy extraño”, pienso.

Conforme cruzo la calle, descubro que un camión de limpieza séptica y desatascamientos tiene su manguera tendida hasta un portal que se encuentra entre los dos locales que tiene el “restaurante”. Empiezo a entender la mezcla de aromas florales.

Aunque me sobrevieno una duda, cruel y dañina (para la franquicia, claro). Hubo ocasiones en las que no sabía si se me estaban mezclando dos olores o que, debido a que la bajante debía de ser la misma, los “restos” que descansaban en el embozamiento correspondían a los de los clientes del local, y desprendían la misma brisa que el menú que me sirven a mí cuando voy, recién hecho y calentito.

Que los productos del Burger King pueda oler igual que los subproductos del Burger King… es algo que me inquieta. Amén.

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